El día ha comenzado con el desayuno en el Albergue.
Tras vestirme y empaquetar y preparar la bici me he despedido del padre Ernesto. También me he despedido de Luis, que si no es cura, también lo parece.
Sin duda la experiencia en la cabaña del abuelo Peuto ha sido totalmente positiva y enriquecedora.
La mañana ha salido fresca, pero muy pronto, al afrontar las primeras pendientes he entrado en calor y me he quitado el cortavientos.
Gronze recomienda ir por la costa, ya que tiene unas vistas extraordinarias del Cantábrico desde los acantalidos.
Una vez más la deficiente señalización ha hecho que me pase un desvío, y cuando me he querido dar cuenta había hecho unos 500m en bajada, que me ha tocado volver a subir.
Cierto que las vistas son impresionantes, pero no menos cierto que el sendero por el que transcurre el camino es muy técnico.
Casi ciclable al 100 % para las dos primeras playas, e inciclable en la tercera.
El track te conduce a una playa. He perdido un rato buscando la salida, que se encuentra en el extremo opuesto y hay que subir una docena de escalones artesanales.
No creo que con marea alta se pueda alcanzar la salida. Para mayor penalidad, una vez coronado el tramo de escaleras, te encuentras una suerte de sendas cubierta por monte bajo de helecho y zarza por las que apenas pasa una persona.
Cualquier salida te conduce a un arenero de unos 100m de largo, pero en pendiente de al menos el 20%.
Un horror. El esfuerzo para superarlo ha sido inmenso. Por una parte se clavaba la bici en la arena, y por otra yo no podía traccionar. Del esfuerzo me he hecho daño en una rodilla que me ha ido molestando toda la tarde.
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